Historia de Espeja
SAN LINO - PATRON DE ESPEJA

El patrón de la localidad de Espeja es San Lino, segundo obispo de Roma, inmediatamente después de San Pedro, a quién sucedió el año 66 de nuestra era, trás que el Apóstol recibiera su martirio. Se trata, por tanto, de un personaje de primera magnitud que ejerció, sin duda, una influencia transcendental en la Iglesia Católica en sus primeros tiempos.

IMAGEN DE SAN LINO

Italiano, natural de Volterra, en la Toscana, de familia noble y distinguida, haciendo gala de sus orígenes y de su vocación, como íntimo colaborador y. a la postre, sucesoe de San Pedro, recibió de éste el encargo de realizar tareas de evangelización fuera de Italia; y por ello, cuenta la historia con el estilo de la época, que

"como la pastoral solicitud del santo Apóstol le tenía contínuamente desvelado y siempre atento a todas las necesidades de la Iglesia, envió a San Lino a las Gaulas, hoy Francia, para que llevase a ellas la luz de la fe, y desmontase aquellas tierras incultas, instalándose para ello en Beçanson, ciudad célebre sobre el río Doux, capital del Franco Condado y de la cual se hace mención en los comentarios de César"

Allí, gracias a su inteligencia y al apoyo del tribuno de la plebe Onosio, primero y principal magistrado, que tenía como misión la de defensor del pueblo, San Lino se convirtió en un influyente hombre público, en este caso europeo y posteriormente, en un lider ensalzado y controvertido a la vez, como es menester, pero siempre fiel a sus ideas, en las que germinaba un cristianismo comprometido y liberador de las trabas que animan al pueblo.

Baste para demostrar esta última afirmación, el famoso suceso en el que, enfrentándose a quienes adoraban a los ídolos, les recriminó de esta manera:

"¿Qué vais a hacer, engañados y miserables hijos míos? A ofrecer vais sacrificios; ¿Pero a quienes? A unos ídolos que no valen el incienso que quemais, y son inferiores a las víctimas que les ofreceis. ¿Qué señales de divinidad encontrais en unos troncos inanimados, o en unas piedras insensibles que deben todo su ser de dioses a la azuela, al escoplo y al martillo; incapaces de defenderse a sí mismos de los estragos del fuego, y de ponerse a cubierto contra los golpes de una ruina? Cesad, cesad de rendir adoraciones a tan viles criaturas.

Viéndose, como a punto de ser abandonados, comenzaron a gritar con todas sus fuerzas, que irritados los dioses iban ya a abismar a toda la ciudad, si sobre el mismo hecho y sin dar lugar a dilaciones no se vengaba el insulto y desacato sacrílego que con sus sortilegios y encantos les acababa de hacer aquel insigne hechicero.
Y, entonces, nuestro Santo se vió de esta guisa abandonado por quienes antes tanto le habían apoyado: Mudose de repente el terror del pueblo en descompuesto furor; y arrojándose sobre el Santo, le molieron a golpes y le echaron de la ciudad.
A pesar de ello, tiempo después se le hizo justicia como lo prueba que fuera y siga siendo venerado en su primera Sede Obispal de Beçanson.
Pero no hay mal que mil años dure, y luego de su triste e ingrata experiencia francesa, vuelto a Roma, fué elegido poco después sucesor de San Pedro y convertido en cabeza visible de la Iglesia, realizando, al decir de todos, una labor tan extraordinaria que se le considera como un de los más dignos y brillantes Pontífices, a la vez que gran escritor e historiador, al que también se le atribuyeron importantes curaciones y una de estas, la de la hija del Cónsul Saturnino, a la que consideraba endemoniada, le acarreó a la postre su martirio, ordenado por el ingrato padre, dicen que influenciado por los sacerdotes de los falsos ídolos, que nunca perdonaron al Santo su liberadora influencia y su denodada lucha por la Verdad que nos hace libres.

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