revista turística de salamanca / DIPUTACIÓN DE SALAMANCA n.12
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Catedrales de La ArmuñaLa Armuña, la Alta y la Baja, tiene en cada uno de sus pueblos y lugares una iglesia, y en cada iglesia se esconde una pequeña catedral.
Primavera en los cerezalesComo si de un tradicional baile de ramos se tratara, los cerezos de la Sierra improvisan cada año una colorista danza.
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Tramoneras hacia el cieloLa escasez de terreno idóneo hace que el caserío se comprima, que las casas tengan exigua planta y se proyecten hacia arriba...
Vista aérea del embalse, donde destaca la forma de bóveda de la presa (Foto: archivo Iberdrola)
Túnel de 15 km. de longitud y 7,5 m. de diámetro entre la presa de Almendra y la central de Villarino (Foto: archivo Iberdrola)
Vista parcial de la presa de Almendra (Fotos: Francisco Martín)
Central de Villarino: excavación de la caverna (Foto: archivo Iberdrola)
Durante los trabajos de construcción de la presa: caminando sobre el dique lateral derecho (Foto: archivo Iberdrola)
Durante los trabajos de construcción de la presa: silueta en el estribo izquierdo (Foto: archivo Iberdrola)se inscribe en un conjunto de obras de ingeniería que une dos provincias, Salamanca y Zamora, y dos países, España y Portugal, y que han conformado lo que se ha denominado ‘escuela del Duero’. De hecho, Almendra- Villarino fue el último de los llamados ‘Saltos del Duero’, un sistema hidroeléctrico al que también pertenecen los embalses de Aldeadávila y Saucelle, en Salamanca; Castro, Ricobayo y Villalcampo, en Zamora, y los portugueses de Bemposta, Miranda y Picote. Estos saltos han dado fuerza a Las Arribes del Duero, fundiendo los intereses turísticos y empresariales de una comarca y de dos países para lograr luz propia.
Al acercarse a ella sorprende su altura, 202 metros desde los cimientos, si bien otras cifras no son menos destacables: 3.036 metros de longitud del muro; 2.648 hectómetros cúbicos de capacidad y 2.188.000 metros cúbicos de hormigón utilizados en su ejecución. Otra peculiaridad de esta central es su carácter reversible de turbinación y bombeo, es decir, que produce electricidad en las horas punta, mientras que en las de menor demanda bombea agua del embalse de Aldeadávila (en el río Duero) al embalse de Almendra (en el Tormes) para cubrir los picos de consumo. Asombra comprobar la potencia de unas máquinas que durante el día actúan como turbinas productoras de electricidad y por la noche se transforman en potentes bombas que elevan el agua 400 metros de desnivel a lo largo de una galería de 15 kilómetros de longitud.
El Duero se convirtió, durante la primera mitad del siglo xx, en un pozo de ilusiones y de esperanzas para estos territorios. El verdadero impulsor del proyecto para aprovechar el potencial hidroeléctrico del río y sus afluentes fue el ingeniero vasco José Orbegozo Gorostegui, que proyectó y construyó el primer gran aprovechamiento de esta cuenca, el Salto del Esla en Zamora. Fueron los inicios de una empresa que, años más tarde, llegaría a ser la actual Iberdrola. En la década de los 60 las novedades técnicas y el auge mantenido de la demanda hicieron viable la construcción de una única presa de bóveda de 200 metros de altura. En 1963, Iberduero compró un ordenador, el IBM 1401, de segunda generación que permitió realizar el cálculo del complejo de Almendra-Villarino en tres horas, cuando el realizado para la de Aldeadávila había llevado 6 meses de trabajo. El proyecto de la presa de Almendra fue obra de Pedro Guinea. En 1964 se publicaba una primera noticia sobre los primeros pasos que iba a dar su construcción. El viernes 28 de agosto de ese año, el periódico ABC informaba sobre el comienzo de “la presa de Villarino”, que iba a costar 4.000 millones de pesetas y cuyas obras se alargarían seis años, inaugurándose en 1970. La noticia ya aportaba las características técnicas que la iban a convertir no sólo en la más moderna de la época, sino en “la más bella y la más alta de España”.
de esta central hidroeléctrica supuso romper moldes y abrir páginas en la historia de la ingeniería civil. De hecho, los más antiguos del lugar y trabajadores que formaron parte de los equipos constructivos recuerdan “con emoción” aquellos años y aquellas formas de trabajo. Luis Sever fue un auscultador de presas y uno de los directores de calidad del cemento y el hormigón en 1964, mientras se realizó la central de Villarino, “una maravilla de trabajo”, tal y como lo defi ne él mismo. Todavía recuerda con ilusión los trenes que “a diario” llegaban a Lumbrales, procedentes de Hontoria (Segovia) y Venta de Baños (Palencia), para trasladar el hormigón, a través de camiones, hasta el muro de la presa. Y añora los procesos técnicos que se seguían para controlar que el hormigón tuviera “resistencia y elasticidad”. Aunque no lo diga, quizá recuerde el lema de la ofi cina de proyectos de Iberdrola: “Nosotros no construimos una presa, sino para hacer la siguiente”. Así, Luis Sever rememora a los ingenieros que llegaban a la provincia de Salamanca y la “vida tan dura que se llevaba, ya que era un trabajo constante”. Esboza una sonrisa cuando recuerda la visita de Franco, en 1970, y el momento en el que se acercó a él para comprobar quién era el más alto de los dos: “Yo siempre he sido menudo [1,65 de altura] pero quería compararse a Franco. Y no era más alto… Pero tampoco más bajo. Me sorprendió también que la escolta los dejara tan solos”.
También trabajó en la construcción del embalse de Aldeadávila y aunque no tiene claro el número de trabajadores que hicieron posible la de Villarino asegura que “pudo ser un número muy parecido, en torno a 4.000 personas”, muchos de ellos, los peritos industriales, procedentes de Béjar, lo que daba valor a estos profesionales nacidos en las escuelas bejaranas. Luis Sever afi rma que él ocupaba la cama que otro trabajador dejaba en el barracón. Era un constante trasiego de hombres que subían y bajaban del tajo al descanso; era lo que se denominaba “cama caliente”. Otro de los elementos que distinguieron la construcción de estas centrales hidroeléctricas fueron los poblados, que en los últimos años están en proceso de transformación como alojamientos singulares de turismo rural; en su momento fueron auténticas localidades levantadas de la nada, que contaban con todo lo necesario para el desarrollo de la vida habitual de los trabajadores y sus familias: escuelas, enfermerías, hospitales, instalaciones deportivas, iglesias, comedores, cantinas, viviendas y barracones.