N. 12 N. 12

revista turística de salamanca / DIPUTACIÓN DE SALAMANCA  n.12

EN PRIMERA PERSONA...
Peña de la apariciónPeña de la aparición
Ermita de MajadasviejasErmita de Majadasviejas
Ermita de la Virgen de la CuestaErmita de la Virgen de la Cuesta
Oliva de la Virgen de la CuestaOliva de la Virgen de la Cuesta
Los “ojos de la Virgen” en Majadasviejas, La Alberca. (Foto: J.M. Castaño Blanco)Los “ojos de la Virgen” en Majadasviejas, La Alberca. (Foto: J.M. Castaño Blanco)
Antonio Cea GutiérrezAntonio Cea Gutiérrez
Son muchos los espacios gozosos que ocupan mi corazón en la Sierra de Francia, por eso elegiría no un lugar sino un itinerario, el de la huella de las Vírgenes, cuya andadura va desde Miranda del Castañar —pozo de mis más intensas vivencias— a La Alberca. Este camino comprende ocho jornadas con sus espacios santos, donde habitan las ocho Patronas de la Sierra. Existen además otras devociones menores, a las que únicamente se llega por veredas y donde se disfruta de lugares igualmente amenos.

La de la Cuesta en Miranda

La ermita de la Virgen de la Cuesta, extramuros de la villa, se encuentra en un espacio plateado y amusco de olivares, recostada a poniente y mirando a Mogarraz, cerca del camino viejo de herradura que desciende hasta el río Francia. Allí, “la milagrosa imagen fue aparecida en el tronco de una Oliba, junto donde oy está colocada en el altar de su capilla mayor” (Manuscrito de los Tejerizo de Tejada, año 1775).

Esta historia de la Cuesta o de la Oliva —que así llaman familiarmente los mirandeños a su Virgen— la conservan, cantada, las mozas de ramo en la estrofa de despedida: “Adiós, Virgen de la Cuesta, relicario cristalino, que fuisteis aparecida en el tronco de un olivo". Conocí la historia de las dos niñas que encontraron a la Virgen, contada por la tía Marcelina Hernández una tarde de junio, por San Juan, junto a la puerta del Arrabal, y cuyos retratos ella llegó a conocer pintados como exvotos en el altar de su ermita, dice así:

‘’...Lo que habemos oído a los antiguos, lo que oímos de la historia. Que unas niñas bajaron a buscar fresas del rey en las zarzas que se crían detrás de la ermita, y ya en el tiempo que se maduran estaban cogiendo moras, y al estar cogiendo moras las niñas se les presentó la Virgen y les dijo “¿Niñas, qué hacéis, qué hacéis?”. “Pues venimos a buscar moras —dice— porque mi mama no nos tiene merienda”, —eran unas pobrecitas ¿verdá usté?—, y les dijo, dice: “Andar, andar a casa y decidle a vuestras madres que en el arca hay pan, que os dé merienda”. Subieron las niñas a casa y le dijeron a su madre, dice: “Mamá, hemos en-contrado una señora ahí abajo, cogiendo las moras, y nos ha dicho que vengamos, que tiene usté en el arca pan”. Y la madre no se lo creía. Dicen: “Que sí, que sí...”. “¿Adónde está esa señora?”, dicen: “Ahí abajo, ahí abajo, ahí abajo, ahí abajo” Y bajaron las niñas con la madre y muchas personas del pueblo. Y fueron y les dijon, dice: “¿Adónde está, adónde está?”, si no la vían, y ya apareció en el tronco del olivo’’.

Desde el ventanuco de la ermita por donde rezan los labradores, cuando bajan a los huertos o a los molinos, se ve a menudo vacío el sitio de la Virgen, que está obrando maravillas con su hermana la de la Peña por los caminos de la Sierra, según el cantar con que ‘tecían’ el cordón las mozas de ramo el 8 de septiembre: “La Virgen de Cuesta no estaba en casa, que estaba a hacer milagros con la de Francia...”

El espacio que propongo para esta primera jornada y descanso es el del propio olivo de la Virgen, apoyada nuestra cabeza sobre su tronco a la hora de ponerse el sol sobre los picos de Francia y oyendo cómo corre ese río a nuestros pies por la hondonada de las Marcias, coronada hacia el sur por las peñas que llaman de la Monja y el Fraile, por donde en mis tiempos pacían las cabras que cuidaba el pastor de concejo.

Majadasviejas

La segunda jornada tiene lugar en la ermita de la Virgen de Majadasviejas el día de su romería que se celebra el sábado anterior a Pentecostés o Pascuaencima. Los albercanos llaman a esta Virgen “la Lloverina” por ser muy devota de agua, que suele venir allí acompañada de nublaos nacidos en las Horcajeras. Se trata de una devoción que conserva dos imágenes, la Aparecida y la Grande. La Aparecida tiene hechura de madera y es de época de transición del románico al gótico, de expresión ruda y extrávica pero a la vez afable. La otra es una talla grande de piedra, una Virgen gótica con niño, de pie y no de mala mano, venerada disparatadamente como “Santa Polonia”.

Este espacio de Majadasviejas, para mí sagradamente bravío, tiene la particularidad de conservar una ritualidad múltiple, pautada por varios hitos santos: El “montón de piedras”, lugar para soltar culpas por penitencias, según se va de La Alberca al santuario. Un poco más allá está la peña de la aparición, espacio sagrado y lúdico donde se representa la loa, y al lado, los llamados “Ojos de la Virgen”, conversión popular de lo natural en maravilloso. Finalmente, la ermita y la tumba del monforteño Froilán:

“El pobre hombre estaba, diz que, guardando pallí borregas, y vino una tormenta mu grande mu grande y ¿adónde se fue a refugiar? a la Peña, y allí fue ande se le apareció la Virgen a Froilán. Porque cuando vamos rezando cerca de esa peña decimos: “En hueco de peña, paloma escondida, a Froilán, gozoso, fuisteis aparecida”. Allí hay veces que salen como los ojos de la Virgen, en una peña salen, sí, salen pa arriba dos gorgollines ¿no lo has visto tú nunca eso? Pues sí, sí, allí mismo donde se apareció la Virgen está el hueco; allí, allí. Cuando llegamos al “montón de piedras”, un poco más arriba, todo el mundo si echamos cinco piedras hay que rezar cinco salves, si echamos diez, diez salves, y si echamos tres, pus tres salves. Cada piedra que tiramos al “montón”, cada salve que le rezamos a la Virgen. ¡Costumbres!” (habla la tía Francisca Becerro, la Cirujana).

La ermita, ahora muy reducida, fue hasta mediados del siglo pasado amplia y generosa. Hoy queda tajada a la mitad, con el púlpito afuera, y un poco más a poniente el desterrado pozo del convento de Gracia. Quiero imaginar el interior de la ermita con su desaparecido retablillo de portezuelas cerradas, salvo en días señalados, para preservar la sagrada imagen de la mirada de los fi eles, y tal como se mandó pintar a Juan de Avyñón, tabernáculo que debía estar concluido para la Semana Santa de 1586:

“La ymagen de Nuestra Señora, toda dorada al olio y la encarnación de pulimento. El tabernáculo, detrás de la Ymagen y el cielo de encima, de azul, todo estrellado de oro, e la corona de encima toda la talla dorada; y los campos del color que más conbenga, y los dos pilares, dorados. Y en las puertas las fi guras de Santa Ana y Joachín, la Madalena y Santa Catalina, todo al olio” (AHPS. Prot. 6032, f 242).

Cuando estoy lejos de Majadasviejas la mayor viveza de su recuerdo es el olor amarillo y agraz de las hiniestas y la luz, de hoja tierna, en los rebollos con sus troncos de líquenes barbados. Allí queda solitaria la Virgen y su devoción, viva por el aceite de la lámpara que atizan y por la cera de los cirios con que las albercanas la mantienen despierta de continuo. Lo mejor de los espacios maravillosos es que podemos habitarlos con solo cerrar los ojos.

Por la huella
de las Vírgenes

en la Sierra de Francia

POR Antonio Cea GutiÉrrez
FotografÍa: Roberto GarcÍa

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