
PRESENTACIÓN
Con la llegada del invierno,
el espíritu viajero encuentra en tierras salmantinas
nuevos alicientes para la escapada: la atmósfera
recupera su limpieza de origen, la vegetación muestra
su desnudez y el paisaje cristaliza en azul y nieve. Blanca
e individual, a la medida de cada uno, así es la
Sierra de Béjar en este tiempo.
Pero otros latidos de vida
surgen aquí y allá. Por las Águedas,
la mujer renueva antiguos ritos que la otorgan poder y
mando; mientras tanto, la fiesta y la emoción se
adueñan de Ciudad Rodrigo con su afamado Carnaval,
en el que el toro es el auténtico protagonista;
murallas, plazas y palacios son testigos de vertiginosos
encierros donde corredores y astados, ajenos al miedo,
compiten en temperatura corporal.
Se han ido apagando los
fuegos que chamuscan al cerdo en las matanzas tradicionales,
y chacinas y perniles ya cuelgan, guardando en su aroma
y sabor el secreto de su elaboración; sólo
así, desde los sentidos, puede apreciarse esa
exquisitez conocida como jamón ibérico
de Guijuelo.
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Cuando el resto de la meseta todavía presenta un manto
de escarcha, Las Arribes del Duero se desbordan ante el
estallido de una primavera temprana; sus encajonados valles
descubren jaras y almendros en flor, verdor por doquier,
arroyos y cascadas... el placer de los primeros baños solares.
En el otro extremo de la provincia, resulta todo un espectáculo
contemplar el descenso de bandadas de gansos y grullas
en el azud de Riolobos, parada obligatoria de las aves
migratorias.
Y de la desmesura a la austeridad. Llega la Semana Santa,
y el aire se carga de recogimiento y autenticidad en las
Pasiones Vivientes de los pueblos salmantinos. Resulta
imposible para el espectador no dejarse contagiar por el
dramatismo de estas representaciones, en las que los propios
vecinos se vuelven protagonistas.
Tras la Pascua se inicia un nuevo ciclo festivo con celebraciones
singulares, como el Noveno en San Felices de los Gallegos,
donde se puede contemplar un original coso taurino levantado
con antiguos carros unidos entre sí. O los Corpus, esparcidos
por toda la provincia y que incluyen manifestaciones tan
originales como los Hombres de Musgo en Béjar. Todo ello,
sin olvidar las romerías de rancia vocación ganadera como
Valdejimena, El Cueto o Cabrera.
Ajenos a tanto bullicio, orfebres y plateros se afanan
en sus talleres en el arte de la filigrana, labrando primorosas
piezas que tienen en el botón charro su expresión más conocida.
En las tierras y gentes de Salamanca, esa verdadera piel
de toro, la emoción se refugia y permanece, convirtiendo
el viaje en una aventura personal.
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